Capítulo 16 -Rememorar
Más allá de la ciencia ficción con la que
imaginamos máquinas para viajar en el tiempo
ya existen cosas reales que nos permiten viajar en
el tiempo, sobre todo hacia atrás
el reencuentro con una fotografía, con un objeto,
una efeméride (como el 11 sept*)
los sueños en los que volvemos a ciertas situaciones
y como nave en el tiempo el lenguaje todo, esa
máquina que está en nosotros y en nuestras manos y en la que podemos subirnos
como a un micro que nos lleve de vuelta a una ventana de la infancia, a una
historia de amor juvenil, a un paisaje lejano que pudimos visitar
la página es como un blanco mágico en el que al
escribir se proyectan los recuerdos y se hacen como veremos vividos nuevamente,
no solo re visitados, sino vueltos a sentir, vueltos a inventar en sus
detalles, en sus sensaciones, en las emociones con las que se relacionan
por más o menos años que tengamos, la caja de
recuerdos es infinita, siempre nuestra memoria puede girar su manivela y sacar
de por allí un color, una conversación, un hecho doloroso o feliz, un recuerdo “importante”
o una pequeña historia que aunque parezca insignificante es parte de la misma
obra que es nuestro ser
así como hablábamos en el arte de escribir ensayos
de permitirnos sentarnos a pensar, ahora hablamos de detenernos a recordar
no como un ejercicio de nostalgia (aunque siempre
se puede mezclar un poco) sino como otro acto creativo, dador de experiencias
también nuevas en lo que se re memora
En este
cosmos viajar en el espacio es viajar en el tiempo
viajar con
la imaginación y el sentir
y la mente
y
recordando
La memoria es:
“es la capacidad mental que posibilita a un sujeto registrar, conservar
y evocar las experiencias (ideas, imágenes, acontecimientos,
sentimientos, etc.). El Diccionario de la Lengua de la Real Academia
Española la define así: «Facultad psíquica por medio de la cual se retiene y
recuerda el pasado»”
En tanto que el recuerdo es:
“Al hacerlo descubrimos que emana del latín, y más exactamente del
vocablo recordari, que estaba compuesto por el prefijo re-,
que es equivalente a “de nuevo”, y cordis, que es sinónimo de
corazón.
Un recuerdo es la memoria que se hace de algo que
ya ha pasado o de lo que ya se habló. El término también se usa para nombrar
al aviso o comentario sobre lo pasado.”
Y también una palabra hermosa es evocar:
“El acto de
evocar implica recordar algún suceso del pasado
o a una persona. Por lo general se evocan
acontecimientos o individuos que dejaron una huella en aquel que recuerda. Un
anciano, por citar un caso, puede evocar su adolescencia cuando se reúne con
amigos de aquella época.”
Escribir un recuerdo, o escribir un texto tomando como punto de partida
un recuerdo nos transporta, nos lleva en un viaje de vuelta
hay un “volver ahí” que puede volverse tan intenso como imposible
llegamos a eso, lo evocado, con piezas del rompecabezas faltantes que
vamos re inventando –todo recuerdo tiene mucho de invento- para suplir esos
huecos, lo borrado
Hemos
mencionado algunas veces al pasar como el famoso fragmento de la magdalena en
En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust como un momento en el que un
sabor y un aroma hacen viajar en el tiempo:
“Y de pronto el recuerdo
surge. Ese sabor es el que tenía el pedazo de magdalena que mi tía Leoncia me
ofrecía, después de mojado en su infusión de té o de tila, los domingos por la
mañana en Combray (porque los domingos yo no salía hasta la hora de misa)
cuando iba a darle los buenos días a su cuarto. Ver la magdalena no me había
recordado nada, antes de que la probara; quizá porque, como había visto muchas,
sin comerlas, en las pastelerías, su imagen se había separado de aquellos días
de Combray para enlazarse a otros más recientes; ¡quizá porque de esos
recuerdos por tanto tiempo abandonados fuera de la memoria no sobrevive nada y
todo se va disgregando!; las formas externas —también aquélla tan grasamente
sensual de la concha, con sus dobleces severos y devotos—, adormecidas o
anuladas, habían perdido la fuerza de expansión que las empujaba hasta la
conciencia. Pero cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han
muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más frágiles, más vivos,
más inmateriales, más persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor
perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan, y esperan, sobre las ruinas de
todo, y soportan sin doblegarse en su impalpable gotita el edificio enorme del
recuerdo.
Proust
plantea el tema de la naturaleza involuntaria de los recuerdos. El
narrador se sitúa en un momento de su infancia para explicar cómo un estímulo
sensorial puede provocar la aparición de recuerdos muy intensos.
A quién
no le pasó sentir un aroma, puede ser un perfume o incluso de un limpiador que
usaba una abuela, o una comida, que nos teletransporta en el tiempo..
Elegimos
nuestros recuerdos o se eligen solos? –preguntas similares nos podemos hacer
acerca de nuestros sueños-
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Un poema
surrealista para traer a cuento es Hechos memorables de René Daumal
Hechos Memorables
Acuérdate de tu padre y de tu madre, y de tu primera mentira cuyo indiscreto
olor se arrastra por tu memoria.
Acuérdate de tu primer insulto a los que te engendraron: la semilla del orgullo
quedó sembrada, resplandeció la fisura quebrando la unidad de la noche.
Acuérdate de los anocheceres de terror en los que el pensamiento de la nada te
arañaba el vientre, y volvía sin cesar para picotearte como un buitre;
acuérdate también de las mañanas de sol en el cuarto.
Acuérdate de la noche de liberación en la que, al caer tu cuerpo suelto como un
velamen, respiraste un poco del aire incorruptible; acuérdate también de los
animales pegajosos que te han vuelto a aprisionar.
Acuérdate de las magias, de los venenos y de los sueños tenaces –querías ver,
te tapabas ambos ojos para ver, pero no sabías abrir el otro.
Acuérdate de tus cómplices y de los fraudes en común y de ese gran deseo de
salir de la jaula.
Acuérdate del día en que desgarraste la tela y te apresaron vivo, inmovilizado
ahí mismo en la batahola de bataholas de las ruedas que giran sin girar,
contigo adentro, cogido siempre por el mismo instante inmóvil, repetido,
repetido, y el tiempo no daba sino una vuelta, todo giraba en tres sentidos
innumerables, el tiempo se cerraba al revés (y los ojos de carne sólo veían un
sueño, sólo existía el silencio devorador, las palabras eran pieles secas, y el
ruido, el sí, el ruido, el no, el alarido visible y negro de la máquina te
negaba), el grito silencioso "Yo soy" que el hueso oye, por el cual
muere la piedra, por el cual cree morir lo que nunca fue. Y tú no renacías a
cada instante sino para ser negado por el gran círculo sin límites, todo pureza,
todo centro, todo pureza salvo tú mismo.
Y acuérdate de los días que siguieron, cuando marchabas como un cadáver
hechizado, con la certidumbre de ser devorado por el infinito, de ser
aniquilado por la existencia única de lo Absurdo.
Y acuérdate sobre todo del día en que querías arrojarlo todo, de cualquier
modo. Pero un guardián vigilaba en tu noche, vigilaba mientras dormías, te hizo
tocar tu propia carne, te hizo recordar a los tuyos, te hizo recoger tus
andrajos.
Acuérdate de tu guardián.
Acuérdate del hermoso espejismo de los conceptos, y de las palabras
conmovedoras, palacio de espejos construido en un sótano. Y acuérdate del
hombre que vino y lo rompió todo, te tomó con su tosca mano, te arrancó de tus
sueños y te obligó a sentarte sobre las espinas del pleno día. Y acuérdate de
que no sabes recordar.
Acuérdate de que todo se paga, acuérdate de tu felicidad, pero cuando te
trituraron el corazón, era ya demasiado tarde para pagar por adelantado.
Acuérdate del amigo que te tendía su razón para recoger tus lágrimas brotadas
de la fuente helada que violaba el sol de primavera.
Acuérdate de que el amor triunfó cuando ella y tú supisteis someteros a su
fuego ansioso, rogando morir en la misma llama.
Pero acuérdate de que el amor no es de nadie, de que en tu corazón de carne no
hay nadie, de que el sol no pertenece a nadie, ruborízate al contemplar el
cenagal de tu corazón.
Acuérdate de las mañanas en que la gracia era como una vara amenazadora que te
conducía, sumiso, a través de tus jornadas, ¡bienaventurado el ganado bajo el
yugo!
Y acuérdate de que entre sus dedos entumecidos tu pobre memoria dejó escapar el
pez de oro.
Acuérdate de los que te dicen: acuérdate. Acuérdate de la voz que te decía: no
caigas. Y acuérdate del placer equívoco de la caída. Acuérdate, pobre memoria
mía, de las dos caras de la medalla. Y de su metal único".
de “ Poésie noire, poésie blanche”, 1945.
Pero más allá de ese mandato poético que nos hace el poema, está lo que
surge solo o lo que surge cuando digo “me acuerdo”
Y eso remite a un ejercicio que han hecho escritores muy lúdicos como
Joe Brainard, George Perec y el argentino Martín Kohan
sobre el libro de Perec:
Cada uno de los 480 recuerdos de este libro emite una luz fulgente,
aunque, como sucede con algunas estrellas, el foco de la que nace ya no existe
en el presente en el que Perec los enumera. Somos testigos del imaginario de su
infancia: los juegos, las evocaciones del liceo y los momentos que comparte con
su primo Henri. Lo vemos pasear rodeado de cines que hoy ya no existen y de
supermercados que se han instalado allí donde antes se proyectaban historias,
interpretadas por muchos de los actores que son también protagonistas del
recuerdo. El mapa físico de Francia, con sus estaciones de metro y bulevares,
convive con el político: por las páginas de Me acuerdo se pasean generales
nacionales y extranjeros, escándalos políticos, guerras y capitulaciones. Durante
los años 50, Perec estudió Sociología e Historia en La Sorbona, por lo que no
resulta extraño toparse con estudios que afirman que estas disciplinas tuvieron
un gran impacto en su obra literaria. También es relevante el hecho de que,
desde 1961 y hasta la fecha de publicación de Me acuerdo, trabajara como
archivero en el laboratorio de investigación neurofísica del hospital
Saint-Antoine. Esta labor, en la que la recogida de datos era una práctica
diaria para Perec, se da la mano con la sistemática enumeración de detalles
significativos que compone la médula espinal de Me acuerdo.
Fragmento :
22 Me acuerdo de que un día mi primo Henri visitó una fábrica de tabaco
y se trajo un cigarrillo del tamaño de cinco unidos.
23 Me acuerdo de que, después de la guerra, no había ni chocolate
vienés ni de Lieja, y de que, durante mucho tiempo, los he confundido.
24 Me acuerdo de que el primer microsurco que escuché fue el
Concierto para oboe y orquesta de Cimarosa.
25 Me acuerdo de un vigilante del internado que era corso y se llamaba
Flack (como la D. C. A. alemana[7]).
26 Me acuerdo de los High Life y
de los Naja
Acerca de Brainard:
Joe Brainard era tan
polifacético que él mismo parecía uno de sus propios collages. Más conocido
como artista que como escritor, suinclasificable libro Me acuerdo se consideró
una obra excepcional desde su irrupción en 1970 en el panorama literario de Estados
Unidos. Su impacto fue tal que, años después, Georges Perec escribió su Je me
soubiens bajo el modelo de Brainard, yse lo dedicó a éste. La fórmula es tan
simple que escritores como Ron Padgett, poeta y gran amigo de Brainard, se
preguntaron: "¿Por qué no se nos habrá ocurrido a nosotros una idea tan
elemental ?". Su original forma, basada en un repetición casi de mantra,
recoge más de mil evocaciones que empiezan con las palabras Me acuerdo. Se trata de frases, en su
mayoría breves, que activan un resorte en la mente al rescatar imágenes con las
que han crecido varias generaciones de todo el mundo. Una entrañable mirada a
lo más íntimo de la vida de Brainard y un retrato de la cultura y del
imaginario popular del Estados Unidos de los cuarenta y los cincuenta
Fragmento:
Me acuerdo de cuando un niño me dijo que las hojas agrias con forma de
trébol que solíamos comernos (con florecitas amarillas) tenían unsabor tan
agrio porque los perros se meaban encima.
Me acuerdo de que eso no impidió que siguiese comiéndolas.
Me acuerdo del primer dibujo que recuerdo haber hecho. Era una
novia con un vestido con la cola muy larga. Me acuerdo de mi primer cigarrillo.
Era de la marca Kent. En una colina. En Tulsa, Oklahoma. Con Ron Padgett.
Me acuerdo de mis primeras erecciones. Creía que tenía alguna horrible
enfermedad o algo parecido. Me acuerdo de la única vez que he visto a mi madre
llorar. Me estaba comiendo una tarta de albaricoque
En 1970 el escritor
estadounidense Joe Brainard publica un libro titulado Me acuerdo,
una colección de frases cortas e imágenes que van conformando una especie de
autobiografía muy particular. Cada párrafo comenzaba con la frase “Me
acuerdo…”, y lo que rememoraba podían ser cosas de la vida cotidiana o hasta
reflexiones sobre el estado del mundo. Y esto es antes de que existiera
Twitter.
La idea no podía sino gustarle
George Perec, el escritor francés que formó parte del grupo OULIPO (Taller de
literatura potencial), que hacía experimentaciones con la escritura cumpliendo
alguna consigna determinada: desde una letra a repetir constantemente hasta
seguir una especie de ecuación matemática. Así que en 1978 retoma la idea y
publica Me acuerdo: cosas comunes.
Ahora Es el turno de Martín
Kohan, que en un nuevo libro publicado por Ediciones Godot que se puede
conseguir en versión digital, se pone también a ejercitar la memoria y la
escritura con una regla fija: enumerar recuerdos.
Narrar memoria es la cosa que
menos me interesa en el universo, en cambio enumerar recuerdos me sedujo.
dice el autor:
“pero traté de no condicionar,
justamente, no solo no los busqué sino que me propuse no buscar ningún recuerdo
que tuviese una carga de sentido determinada por ninguna razón –política o
social o lo que fuera–, sino dar lugar a los recuerdos como fueran viniendo,
con las características que tienen: algunos son importantes, otros son
totalmente banales, algunos pueden significar muchísimo para mí y para los
demás nada, otros puede ser muy significativos para otros y quizás no tanto
para mí, sin embargo si me lo acuerdo, lo puse… Pero sí claramente no tener la
premeditación de decir “bueno, que entre algo de lo social, que entre algo de
la dimensión política de esos años”, y cuando el recuerdo venía, aparecía tal
escena, me acordaba de algo, estar especialmente alerta para esta clase de
recuerdos, para que entraran si legítimamente habían había llegado a mí: tal
recuerdo de tal situación política del mismo modo que el teléfono de Néstor
Frenkel. O sea, tenía que tenía que tener el mismo derecho de ingreso al texto
y no pensar “bueno, acá hay que poner un poco más de tal cosa o tal otra”. Solo
entra con el sentido que de que me acuerdo de eso.
El comentario de Kohan nos da
una luz acerca de despegar este ejercicio de otra experiencia parecida pero
diferente que es la autobiografía, el diario, las memorias
Es como
jugar a momentos casi de tarjeta postal, reecontrarse intensamente con
sensaciones, colores, emociones, paisajes, pensamientos, alegrías y enojos, etc
con la libertad de escribirlos y
al escribir en ese mismo juego libre ir descubriendo qué matices tiene nuestra
manera de recordar, tan personal de cada persona, que es lo que internamente
hemos “elejido” guardar y tener como recordable
es muy posible y muy frecuente
que en estas experiencias de escribir aparezcan cosas y detalles que no
sabíamos que recordábamos, una de las sorpresas y motivos para lanzarnos a este
ejercicio
que también puede convertirse
llegado el caso en literatura: ser la semilla de un cuento, una novela, una
obra de teatro un poema y varios etcéteras
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