capitulo tres – narrar y contar

 




había una vez…

así comienza el cuento de Cortázar Las babas del diablo, que cuenta cómo un relato nace de una cosquilla en el estómago y además juega con el quién es el que cuenta:

Nunca se sabrá cómo hay que contar esto, si en primera persona o en segunda, usando la tercera del plural o inventando continuamente formas que no servirán de nada. Si se pudiera decir: yo vieron subir la luna, o: nos me duele el fondo de los ojos, y sobre todo así: tú la mujer rubia eran las nubes que siguen corriendo delante de mis tus sus nuestros vuestros sus rostros. Qué diablos.

Puestos a contar, si se pudiera ir a beber un bock por ahí y que la máquina siguiera sola (porque escribo a máquina), sería la perfección. Y no es un modo de decir. La perfección, sí, porque aquí el agujero que hay que contar es también una máquina (de otra especie, una Cóntax 1.1.2) y a lo mejor puede ser que una máquina sepa más de otra máquina que yo, tú, ella —la mujer rubia— y las nubes. Pero de tonto solo tengo la suerte, y sé que si me voy, esta Rémington se quedará petrificada sobre la mesa con ese aire de doblemente quietas que tienen las cosas movibles cuando no se mueven. Entonces tengo que escribir. Uno de todos nosotros tiene que escribir, si es que esto va a ser contado. Mejor que sea yo que estoy muerto, que estoy menos comprometido que el resto; yo que no veo más que las nubes y puedo pensar sin distraerme, escribir sin distraerme (ahí pasa otra, con un borde gris) y acordarme sin distraerme, yo que estoy muerto (y vivo, no se trata de engañar a nadie, ya se verá cuando llegue el momento, porque de alguna manera tengo que arrancar y he empezado por esta punta, la de atrás, la del comienzo, que al fin y al cabo es la mejor de las puntas cuando se quiere contar algo).

De repente me pregunto por qué tengo que contar esto, pero si uno empezara a preguntarse por qué hace todo lo que hace, si uno se preguntara solamente por qué acepta una invitación a cenar (ahora pasa una paloma, y me parece que un gorrión) o por qué cuando alguien nos ha contado un buen cuento, en seguida empieza como una cosquilla en el estómago y no se está tranquilo hasta entrar en la oficina de al lado y contar a su vez el cuento; recién entonces uno está bien, está contento y puede volverse a su trabajo. Que yo sepa nadie ha explicado esto, de manera que lo mejor es dejarse de pudores y contar, porque al fin y al cabo nadie se avergüenza de respirar o de ponerse los zapatos; son cosas que se hacen, y cuando pasa algo raro, cuando dentro del zapato encontramos una araña o al respirar se siente como un vidrio roto, entonces hay que contar lo que pasa, contarlo a los muchachos de la oficina o al médico. Ay, doctor, cada vez que respiro… Siempre contarlo, siempre quitarse esa cosquilla molesta del estómago.

//

en nuestra imaginación más común toda la literatura nace de una ronda junto a un fuego, imaginamos que tal vez es un anciano o anciana quien narra las historias mientras una primitiva tribu escucha

cada momento

cada detalle

cada sensación: expectativa, miedo, emoción, alivio, risa, misterio

y que quienes escuchan esas historias las guardan dentro suyo para ser quien en otro fuego futuro las cuenten con otros ingredientes de agregado propio

historias de amor

historias de dioses

historias de héroes que fundan una comunidad

historias de hambrunas y grandes cacerías y sequías y cosechas

historias de volcanes y tormentas

historias de peleas por el mando de los grupos

 

miles de años tal vez habladas y escuchadas, luego dibujadas y luego aflorando esos dibujitos raros que se convirtieron en el lenguaje escrito

//

 

contar

tejer con palabras una historia

una historia larga y antigua

una historia corta y reciente

un relato de hechos de algo que sucedió en la realidad, o que se inventan con la imaginación o –lo más frecuente- una mezcla de esas dos posibilidades

los planetas y lunas y asteroides y estrellas y sistemas gigantes en la galaxia narrativa: crónica, cuento, novela, carta, relato histórico, leyenda, mito, relato periodístico, poema épico, bitácora, diario personal, diario de viajes, teatro, anotación personal, etc.

en la infancia nos encontramos con ese tiempo afuera del tiempo de los cuentos clásicos: había una vez

vamos conociendo relatos que provienen de culturas lejanas o cercanas, fantasías en sí mismas o cuentos con finalidad como las fábulas o cuentos religiosos

y en un pequeño aparte de la literatura en la cultura actual consumimos historias: series y películas, novelas, que nos atrapan en su manera de contarnos algo

en general no es tema de lo que nos están contando lo que nos atrapa sino el cómo se nos cuenta

una historia puede empezar por el principio y seguir el tiempo linal, o puede empezar por el final o por la mitad e ir y venir, puede estar lleno de trucos como que una cosa al final es lo contrario de lo que se dice al principio

una historia nos puede llevar al asombro, al miedo, a la sorpresa, a la complejidad, a la risa, al llanto

en algún punto algo o alguien puede ser con que o con quién nos identificamos, una historia a veces leída la sentimos con la misma intensidad que si la estuviésemos viviendo

por otro lado contar es un hacer que a veces se nos vuelve difícil cuando lo hacemos por escrito –cuando conversando fluye-

nos cuesta saber si abundar en detalles o al contrario hacer un recorte y una síntesis, nos exigimos formas y el “escribir bien”, la originalidad y hacer atrapante el relato, exigencias todas que nos van trabando y alejando de lo que tenemos ganas de contar

imaginando sabemos o intuimos que cualquier circunstancia humana, por más mínima e insignificante que parezca puede volverse un cuento

dice Ricardo Piglia

Todas las historias del mundo se tejen con la trama de nuestra propia vida. Lejanas, oscuras, son mundos paralelos, vidas posibles, laboratorios donde se experimenta con las pasiones personales.

y también

El arte de narrar para Borges gira sobre ese doble vínculo. Oír un relato que se pueda escribir, escribir un relato que se pueda contar en voz alta. “

TEXTO PIGLIA


Gianni Rodari en su Gramática de la fantasía se enfrenta a la pregunta:

“No es necesario decir que siempre hay un niño que pregunta: «¿Cómo se inventa una historia?», y su pregunta merece una respuesta honesta.”

“En la narración, en suma, el lenguaje asume de lleno su función simbólica, rechazando el soporte material del juego. ¿Podría tratarse de una relación con la realidad menos rica que el propio juego? Debemos pensar que el juego en sí mismo es básicamente formativo, en cuanto a su ambigüedad fundamental de juego-trabajo, mientras que la narración, como fantasía verbal, ¿sería una forma de evasión? Yo creo que no. La narración, por el contrario, se me aparece como una fase más avanzada del dominio sobre la realidad, una relación más libre con lo material. Es un momento de reflexión que va más allá del juego. Es ya una forma de racionalización de la experiencia: un camino hacia la abstracción.”

y también

“La función creadora de la imaginación corresponde al hombre común, al científico, al técnico; es tan esencial a los descubrimientos científicos como al nacimiento de la obra de arte; pero, además, resulta necesaria para nuestra vida cotidiana...”

Les recomiendo recorrer ese libro de Rodari, que si bien está pensado para escribir con niños contagia muchos disparadores de escritura:

GRAMÁTICA FANTASÍA COMPLETO

El psicoanálisis nos cuenta cómo el inventar historias es algo que nos constituye internamente, cómo en algún punto todo nuestro ser interno está fabricado también como una ficción (una ficción totalmente necesaria para sobrevivir)

¿no inventamos historias, inspiradas quizá en la realidad, pero forjadas con el metal de nuestros fantasmas en la fragua del deseo, que nos remiten a algo de nuestra verdad? ¿No tiene acaso ésta, como asevera Lacan (1957), estructura de ficción?

 

Ficción que, perteneciente al registro imaginario, al sujeto del enunciado, revela sin embargo algo de lo verdadero del deseo, del sujeto del inconsciente, del sujeto de la enunciación, ese sujeto del deseo siempre esquivo.

 

narración es tanto la acción de narrar como el relato, la cosa narrada y, referido a la dialéctica, la parte de un discurso en que se exponen los hechos; narrar significa contar, referir, relatar, y decir o escribir una historia o cómo ha ocurrido cierto suceso; narrativa se aplica al estilo literario que, a diferencia del descriptivo o el dialogado, usa preferentemente la narración

 Un escritor contemporáneo que siempre reflexiona sobre el arte de narrar es Paul Auster, quien también "desacraliza" la literatura, dándonos a ver que todas las personas "comunes" tenemos la posibilidad de contar historias.

 

 La narrativa, sin embargo, se halla en una esfera un tanto diferente de las demás artes. Su medio es el lenguaje, y el lenguaje es algo que compartimos con los demás, común a todos nosotros. En cuanto aprendemos a hablar, empezamos a sentir avidez por los relatos. Los que seamos capaces de rememorar nuestra infancia recordaremos el ansia con que saboreábamos el cuento que nos contaban en la cama, el momento en que nuestro padre, o nuestra madre, se sentaba en la penumbra junto a nosotros con un libro y nos leía un cuento de hadas. Los que somos padres no tendremos dificultad en evocar la embelesada atención en los ojos de nuestros hijos cuando les leíamos un cuento. ¿A qué se debe ese ferviente deseo de escuchar? Los cuentos de hadas suelen ser crueles y violentos, describen decapitaciones, canibalismo, transformaciones grotescas y encantamientos maléficos. Cualquiera pensaría que esos elementos llenarían de espanto a un crío; pero lo que el niño experimenta a través de esos cuentos es precisamente un encuentro fortuito con sus propios miedos y angustias interiores, en un entorno en el que está perfectamente a salvo y protegido. Tal es la magia de los relatos: pueden transportarnos a las profundidades del infierno, pero en realidad son inofensivos.

Al fin y al cabo, la novela no es el único venero de historias. El cine, la televisión y hasta los tebeos producen obras de ficción en cantidades industriales, y el público continúa tragándoselas con gran pasión. Ello se debe a la necesidad de historias que tiene el ser humano. Las necesita casi tanto como el comer, y sea cual sea la forma en que se presenten –en la página impresa o en la pantalla de televisión–, resultaría imposible imaginar la vida sin ellas.

Un texto narrativo –ya sea escrito o hablado- es como un organismo vivo:

tiene su respiración y su pulso, en sus pausas, sus colores

tiene voces dentro de una voz, vibraciones rítmicas de las palabras con las que se evocan instantes, hechos, pensamientos, sentimientos, señales de los sentidos y la percpepción

tiene su personalidad, su forma de ser

porque una historia se puede contar de mil maneras

el cómo contar, qué contar y a quién contarlo hacen a el atractivo y misterioso azar de la literatura como hacer humano y de comunicación

al contar una historia podemos por lo menos traicionar al tiempo –que en nuestro vivir nos domina y arrastra de manera tan indetenible-

podemos ir hacia atrás, detener el tiempo, viajar al futuro e incluso entrar en ese tiempo mítico –el tiempo afuera del tiempo de algunos relatos fantásticos

podemos ser otros, jugar a ser pequeños dioses omniscientes decidiendo destinos de nuestros personajes

podemos asombrarnos y llegar a sentir que la historia “cobra vida propia” –una sensación que cuentan tener muchos escritores

unas palabras del escritor premio nobel Orhan Pamuk

El escritor es capaz de contar su propia vida como si fuera la de otro a la vez que cuenta con palabras las historias de otros que son tradición. La literatura es la experiencia más valiosa que el ser humano ha creado para comprenderse a sí mismo. Escribir te hace sentir que todos los seres humanos se parecen, que los demás tienen heridas parecidas y que por eso te comprenderán… Escribo para que todo el mundo sepa la vida que hemos llevado y seguimos llevando yo, los otros, todos nosotros 

 

En la narración literaria, se busca “ponernos en la situación que vivieron otros” para acercarnos a sus experiencias. Si bien los personajes son seres imaginados por el escritor, son construidos con datos de la realidad para impactar a los lectores con el relato de lo que posiblemente experimentaron (Pamuk: 2007). Pero ¿quién es ese otro al que queremos representar? ¿Cuáles historias merecen ser narradas?

Ángeles Mastretta afirma que sus recuerdos de infancia en la ciudad de Puebla le permiten volver a presentar formas de hablar, vestir y hasta de callar de las mujeres en sus novelas Arráncame la vida o Mujeres de ojos grandes, transportándonos a situaciones que no nos pertenecen, sino a través de la narración. En tanto, Judith Butler afirma: “Una vida que ha contado como una vida que merece ser llorada, es una vida que necesita ser contada.”

Según Heidegger, el escritor se ubica en el daseinen el estar ahí (Heidegger, 1971). Yo agregaría no sólo se trata de estar ahí, sino de estar ahí siendo, viviendo los sentimientos que posiblemente experimentaron quienes ya no están ahí, en un ejercicio de fantasía creativa que nos permite la comprensión de el otro. Así, la literatura también es una forma de conocer. Porque nos lleva a lugares desconocidos y nos permite sentir, o “vivir” a través de nuestra imaginación, momentos o espacios donde no podríamos estar sino a partir de la lectura, lo que permite ampliar nuestro horizonte conceptual.

Habermas agrega que la literatura nos permite enfrentar la realidad desde diferentes perspectivas, enriqueciendo nuestra visión del mundo. 

//

todos y todas podemos ser el escritor, no hace falta serlo de forma profesional, solo permitirnos el paso de comenzar a escribir

no hay recetas ni formulas

sí encontramos cada uno señales como en una ruta sin rumbo

pequeños trucos

contagios de lo que leemos

cosas que descubrimos porque nos funcionan con el ensayo y error de cada cual

 

ya veremos cómo las galaxias narración y poesía se habitan y se incluyen entre sí, se tocan como en esta cita de Borges

Hay que señalar otro hecho: los poetas parecen olvidar que, alguna vez, contar cuentos fue esencial y que contar una historia y recitar unos versos no se concebían como cosas diferentes. Un hombre contaba una historia, la cantaba; y sus oyentes no lo consideraban un hombre que ejercía dos tareas, sino más bien un hombre que ejercía una tarea que poseía dos aspectos. O quizá no tenían la impresión de que hubiera dos aspectos, sino que consideraban todo como una sola cosa esencial. 

“pero hay algo a propósito del cuento, del relato, que siempre perdurará. No creo que los hombres se cansen nunca de oír y contar historias.

//

historias originales, cambiadas, re inventadas, siempre casi la versión de otra anterior como en un hermoso y casi infinito juego de teléfono descompuesto

en un complejo y extenso proceso de miles de años fuimos convirtiendo el contar una aventura real, agregándole ingredientes, descripciones, ritmos y tonalidades

voces

mentiras y verdades

hasta convertirse en este  gran artefacto que hoy llamamos literatura

un artificio hecho de palabras

pero por qué narramos

por qué contamos cosas en

cuentos

crónicas

cartas

relatos

recuerdos

anécdotas

novelas

fábulas

leyendas

películas

series

comics

sagas

y hasta en chistes

y por qué somos público ávido lector oyente televidente de las narrativas

tomado de por ahí vemos que:

“Gehlen   (el antropólogo filosófico Arnold Gehlen) entendería que el ser humano es alguien incompleto en relación con otros animales (no cuenta con garras, colmillos, carece de pelaje, herramientas biológicas naturales) y es por ello que tiene que fabricar las suyas propias y adaptar su hábitat a sus propios intereses. Vive en la esfera de la cultura o como ser cultural que inventa necesariamente para dominar la naturaleza; propósito que ha consumado con éxito allá donde haya estado.

La cultura será aquel ámbito que le permite modificar su entorno, crear realidades alternativas a las dadas. El ser humano sería, pues, un «ser carencial», no apto para vivir en la misma naturaleza, por lo que habría de crear una segunda naturaleza para poder vivir y sobrevivir adecuadamente. Hablamos de «un mundo substitutivo elaborado y adaptado artificialmente que compense su deficiente equipamiento orgánico». El arte de relatar sería parte constituyente de esta segunda naturaleza creadora, fruto, además, de la constitución autoconsciente del animal humano. Esta naturaleza humana que nos hace estar «abiertos al mundo», por otro lado, haría del ser humano alguien sobrecargado de estímulos que sentiría la necesidad de «descargarse» de ellos. Es por ello, que los humanos sentiríamos la necesidad de hablar casi constantemente, frente a otros animales; de escribir, relatar, imaginar, comunicar, etc.

Hay, a su vez, quienes defienden la tesis de que el yo narrativo tiene un «origen evolutivo que se articula sobre dos columnas: el lenguaje, sin el que no existiría tal yo narrativo, cuya aparición rediseña profundamente el cerebro humano y, sobre todo, la apoyatura en lo simbólico y lo artístico, sin la cual no se habría desarrollado el lenguaje. Coincide con todas aquellas nuevas líneas paleontológicas que sitúan la emergencia del arte como uno de los principales vectores de la evolución que daría origen a los sapiens». Este enfoque entendería que ese relatar es parte de nuestra constitución humana, solo que producto de una evolución biológica que vendría a desembocar en el ser humano actual, tal y como lo conocemos, el homo sapiens u «hombre sabio» (las estimaciones varían, pero hay quien afirma que el homo sapiens surge hace 230.000 años en el Este de África). Además, el narrar sería un subproducto o epifenómeno de esa capacidad para –y necesidad de– comunicarnos unos con otros, como animales gregarios que somos; siempre necesitados de interactuar socialmente.

A día de hoy las nuevas tecnologías y, en particular, internet han modificado nuestro modo de contar historias. Desde la proliferación de los móviles ha partir del año dos mil, aproximadamente, cuando comenzó a emplearse el sms, las abreviaciones lingüísticas en el formato escrito, los emojis, etc, hasta la actualidad, instaurada ya hace unos años, en la que proliferan los gifs y memes, que operan también como poderosos vehículos comunicativos en nuestras vidas cotidianas.”

Los relatos. Las palabras. Dice la antropología -y lo ratifica la neurobiología- que los hombres somos básicamente narradores. Nos gusta escuchar historias. Las llevamos en los genes. Nuestros antepasados, por ejemplo, eran analfabetos; no sabían leer ni escribir, pero sí sabían contar. Y lo hacían tan bien que de ese arte nacieron los mitos y las leyendas. La bella y astuta Scherezade, sin ir más lejos, salvó su cabeza contando historias en la inabarcable "Las mil y una noches". Y, más cerca de nuestra tierra, los sabios de las tribus indígenas transmitían sus tradiciones a través de parábolas que narraban alrededor del fuego y al amparo de la luna en cuarto menguante.

Parafraseando a Antonio Tabucchi, a estos primeros hombres no les bastaba la realidad; por eso comenzó a existir la literatura.

 

 

según nos cuentan Marta Llorente y Ana Padovani:

 

 

Las historias, las anécdotas, las experiencias de los otros, nos enriquecen, nos permiten crear una dimensión metafórica de la vida cotidiana, nos conectan con nuestra infancia más pura, nos elevan y tienden puentes con los demás

según nos cuentan Marta Llorente y Ana Padovani:

"las historias funcionan como espejos. Algo del personaje de una historia, de un conflicto que narro, tiene que ver con esos hombres y mujeres que me escuchan. Todos nos parecemos mucho. Los cuentos se usaban para transmitir creencias. Los mitos transmitían valores y hoy las historias que uno cuenta también tienen una función educativa".

El fuego y la palabra, agrega Padovani, "están en las primeras experiencias del hombre. Siempre que hay oscuridad, fuego y un grupo de hombres reunidos, se cuentan historias. Las historias nos conectan con nuestras emociones".

 

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dice Walter Benjamin:

“El narrador toma lo que cuenta de la experiencia —la suya o la de otros— y la hace experiencia de quienes la escuchan.”

 

 

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Laura Devetach ha escrito un hermoso libro que se llama La construcción del camino lector, de que compartimos algunos fragmentos:

La escritura y la lectura del trazo que nos enlaza a unos con otros, del vínculo que cada ser humano va entablando con otros seres y, también, de la multiplicación de estos vínculos que forman redes y tramas en la vida de las personas. Cada gesto que un individuo hace, puede ser leído, generar palabras que lo nombren, generar una escritura. Por eso interesa el lenguaje anterior, la escritura anterior, la lectura anterior a la palabra. Cuando llegamos a la hora de las nanas ya hay un pequeño mundo de trazos, de vínculos posibles de ser leídos, escritos a través de lo sensible. Trazos que después se van entramando en redes. Julio Cortázar en Rayuela nos ilumina al respecto:

Pienso en los gestos olvidados, en los múltiples ademanes y palabras de los abuelos, poco a poco perdidos, no heredados, caídos uno tras otro del árbol del tiempo. Esta noche encontré una vela sobre la mesa, y por jugar la encendí y anduve con ella en el corredor. El aire del movimiento iba a apagarla, entonces vi levantarse sola mi mano izquierda, ahuecarse, proteger la llama con una pantalla viva que alojaba el aire. Mientras el fuego se enderezaba otra vez alerta, pensé que ese gesto había sido el de todos nosotros (…) durante miles de años. (…) Pienso en esos objetos, esas cajas, esos utensilios que aparecen a veces en graneros, cocinas o escondrijos, y cuyo uso ya nadie es capaz de explicar. Vanidad de creer que comprendemos las obras del tiempo: él entierra sus muertos y guarda las llaves. Solo en sueños, en la poesía, en el juego –encender una vela, andar con ella por el corredor- nos asomamos a veces a lo que fuimos antes de ser esto que vaya a saber si somos.

Quizás el recuerdo de esos textos y esos juegos nos llenen de ambivalencias, de amedrentadas sonrisas, porque después de todo, es el pasado, es la primera edad que uno tuvo. Eso existe con fuerza y valor fundante. Darle valor a las cosas pequeñas que nos formaron, a lo que creemos que no vale. Dejar filtrar en la escritura lo elemental, trabajar esa materia toda. Con ella, urdir las tramas, basar allí las tramas de los vínculos sociales

¿Tenemos conciencia de los textos

que llevamos adentro?

Cada uno de nosotros fue construyendo una textoteca  interna armada con palabras, canciones, historias, dichos, poemas, piezas del imaginario individual, familiar y colectivo. Textotecas internas que se movilizan y afloran cuando se relacionan entre sí. A la manera de las retahílas infantiles podemos decir que en cada persona hay muchos textos, que la unión de los textos de muchas personas arman los textos de una familia, de una región, de un país. Las formas literarias no son arbitrarias, no nacen sólo por una voluntad estética de las personas que escriben, de los pueblos que escriben, nacen porque suelen ser una manera de construcción que circula y moviliza. ¿Qué relación hay entre el reconocimiento de los textos internos y la literatura?


FRAGMENTO LIBRO DEVETACH


como ya mencionamos en la poesía, las narraciones también, tomando este concepto de los formalistas rusos tienen la función de extrañarnos de nuestra realidad de la costumbre:

El propósito del arte es dar una sensación del objeto como visión y no como reconocimiento.”

Es decir, el arte —y especialmente el relato— debe extrañar lo familiar, hacer que lo cotidiano vuelva a sentirse extraño, nuevo. Eso es lo que Shklovsky llama остранение (ostranenie), o “extrañamiento”.

piensan la narración como una construcción técnica, casi como un mecanismo, que busca romper con la automatización de la percepción y generar una mirada nueva sobre el mundo.

y esos conceptos podrían servirnos para relajarnos de la autoexigencia de realismo y de detalle que a veces nos traba

para terminar decimos que:

Un texto narrativo –ya sea escrito o hablado- es como un organismo vivo:

tiene su respiración y su pulso, en sus pausas, sus colores

tiene voces dentro de una voz, vibraciones rítmicas de las palabras con las que se evocan instantes, hechos, pensamientos, sentimientos, señales de los sentidos y la percpepción

tiene su personalidad, su forma de ser

porque una historia se puede contar de mil maneras

el cómo contar, qué contar y a quién contarlo hacen a el atractivo y misterioso azar de la literatura como hacer humano y de comunicación

al contar una historia podemos por lo menos traicionar al tiempo –que en nuestro vivir nos domina y arrastra de manera tan indetenible-

podemos ir hacia atrás, detener el tiempo, viajar al futuro e incluso entrar en ese tiempo mítico –el tiempo afuera del tiempo de algunos relatos fantásticos

podemos ser otros, jugar a ser pequeños dioses omniscientes decidiendo destinos de nuestros personajes

podemos asombrarnos y llegar a sentir que la historia “cobra vida propia” –una sensación que cuentan tener muchos escritores

 

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y como un agregado de esta época la IA ya puede “inventar “ historias y en vez de rendirnos y decir fuimos reemplazados, podemos sí usarla como herramienta cuando nos trabamos o para determinada descripción por ejemplo

pero algo que se revaloriza es lo humano en nosotros y nuestras historias: las vivencias de donde salieron y surgen, las consignas que nos pasamos d persona a persona, los errores que en vez de empobrecer el texto lo enriquecen de subjetividad real

el disparador para un cuento es cualquier cosa de las infinitas del universo inagotable si nos predisponemos a dejarnos ser en el lenguaje de narrar



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