capitulo tres – narrar y contar
había una vez…
así comienza el
cuento de Cortázar Las babas del diablo, que cuenta cómo un relato nace de una
cosquilla en el estómago y además juega con el quién es el que cuenta:
Nunca se sabrá cómo hay que contar esto, si en primera persona o
en segunda, usando la tercera del plural o inventando continuamente formas que
no servirán de nada. Si se pudiera decir: yo vieron subir la luna, o: nos me
duele el fondo de los ojos, y sobre todo así: tú la mujer rubia eran las nubes
que siguen corriendo delante de mis tus sus nuestros vuestros sus rostros. Qué
diablos.
Puestos
a contar, si se pudiera ir a beber un bock por ahí y que la máquina siguiera
sola (porque escribo a máquina), sería la perfección. Y no es un modo de decir.
La perfección, sí, porque aquí el agujero que hay que contar es también una
máquina (de otra especie, una Cóntax 1.1.2) y a lo mejor puede ser que una
máquina sepa más de otra máquina que yo, tú, ella —la mujer rubia— y las nubes.
Pero de tonto solo tengo la suerte, y sé que si me voy, esta Rémington se
quedará petrificada sobre la mesa con ese aire de doblemente quietas que tienen
las cosas movibles cuando no se mueven. Entonces tengo que escribir. Uno de
todos nosotros tiene que escribir, si es que esto va a ser contado. Mejor que
sea yo que estoy muerto, que estoy menos comprometido que el resto; yo que no
veo más que las nubes y puedo pensar sin distraerme, escribir sin distraerme
(ahí pasa otra, con un borde gris) y acordarme sin distraerme, yo que estoy
muerto (y vivo, no se trata de engañar a nadie, ya se verá cuando llegue el
momento, porque de alguna manera tengo que arrancar y he empezado por esta
punta, la de atrás, la del comienzo, que al fin y al cabo es la mejor de las
puntas cuando se quiere contar algo).
De
repente me pregunto por qué tengo que contar esto, pero si uno empezara a
preguntarse por qué hace todo lo que hace, si uno se preguntara solamente por
qué acepta una invitación a cenar (ahora pasa una paloma, y me parece que un
gorrión) o por qué cuando alguien nos ha contado un buen cuento, en seguida
empieza como una cosquilla en el estómago y no se está tranquilo hasta entrar
en la oficina de al lado y contar a su vez el cuento; recién entonces uno está
bien, está contento y puede volverse a su trabajo. Que yo sepa nadie ha
explicado esto, de manera que lo mejor es dejarse de pudores y contar, porque
al fin y al cabo nadie se avergüenza de respirar o de ponerse los zapatos; son
cosas que se hacen, y cuando pasa algo raro, cuando dentro del zapato encontramos
una araña o al respirar se siente como un vidrio roto, entonces hay que contar
lo que pasa, contarlo a los muchachos de la oficina o al médico. Ay, doctor,
cada vez que respiro… Siempre contarlo, siempre quitarse esa cosquilla molesta
del estómago.
//
en nuestra imaginación más común toda la literatura nace de una
ronda junto a un fuego, imaginamos que tal vez es un anciano o anciana quien
narra las historias mientras una primitiva tribu escucha
cada momento
cada detalle
cada sensación: expectativa, miedo, emoción, alivio, risa,
misterio
y que quienes escuchan esas historias las guardan dentro suyo
para ser quien en otro fuego futuro las cuenten con otros ingredientes de
agregado propio
historias de amor
historias de dioses
historias de héroes que fundan una comunidad
historias de hambrunas y grandes cacerías y sequías y cosechas
historias de volcanes y tormentas
historias de peleas por el mando de los grupos
miles de años tal vez habladas y escuchadas, luego dibujadas y
luego aflorando esos dibujitos raros que se convirtieron en el lenguaje escrito
//
contar
tejer con palabras una historia
una historia larga y antigua
una historia corta y reciente
un relato de hechos de algo que sucedió en la
realidad, o que se inventan con la imaginación o –lo más frecuente- una mezcla
de esas dos posibilidades
los planetas y lunas y asteroides y estrellas y
sistemas gigantes en la galaxia narrativa: crónica, cuento, novela, carta,
relato histórico, leyenda, mito, relato periodístico, poema épico, bitácora,
diario personal, diario de viajes, teatro, anotación personal, etc.
en la infancia nos encontramos con ese tiempo
afuera del tiempo de los cuentos clásicos: había una vez
vamos conociendo relatos que provienen de culturas
lejanas o cercanas, fantasías en sí mismas o cuentos con finalidad como las
fábulas o cuentos religiosos
y en un pequeño aparte de la literatura en la
cultura actual consumimos historias: series y películas, novelas, que nos
atrapan en su manera de contarnos algo
en general no es tema de lo que nos están contando
lo que nos atrapa sino el cómo se nos cuenta
una historia puede empezar por el principio y
seguir el tiempo linal, o puede empezar por el final o por la mitad e ir y
venir, puede estar lleno de trucos como que una cosa al final es lo contrario
de lo que se dice al principio
una historia nos puede llevar al asombro, al miedo,
a la sorpresa, a la complejidad, a la risa, al llanto
en algún punto algo o alguien puede ser con que o
con quién nos identificamos, una historia a veces leída la sentimos con la
misma intensidad que si la estuviésemos viviendo
por otro lado contar es un hacer que a veces se nos
vuelve difícil cuando lo hacemos por escrito –cuando conversando fluye-
nos cuesta saber si abundar en detalles o al
contrario hacer un recorte y una síntesis, nos exigimos formas y el “escribir
bien”, la originalidad y hacer atrapante el relato, exigencias todas que nos
van trabando y alejando de lo que tenemos ganas de contar
imaginando sabemos o intuimos que cualquier
circunstancia humana, por más mínima e insignificante que parezca puede
volverse un cuento
dice Ricardo Piglia
Todas las
historias del mundo se tejen con la trama de nuestra propia vida. Lejanas,
oscuras, son mundos paralelos, vidas posibles, laboratorios donde se
experimenta con las pasiones personales.
y también
“El arte de narrar para
Borges gira sobre ese doble vínculo. Oír un relato que se pueda escribir,
escribir un relato que se pueda contar en voz alta. “
Gianni Rodari en su Gramática de la fantasía se enfrenta a la pregunta:
“No es necesario decir que siempre hay un niño que pregunta: «¿Cómo se
inventa una historia?», y su pregunta merece una respuesta honesta.”
“En la narración, en suma, el lenguaje asume de lleno su función simbólica,
rechazando el soporte material del juego. ¿Podría tratarse de una relación con
la realidad menos rica que el propio juego? Debemos pensar que el juego en sí
mismo es básicamente formativo, en cuanto a su ambigüedad fundamental de
juego-trabajo, mientras que la narración, como fantasía verbal, ¿sería una
forma de evasión? Yo creo que no. La narración, por el contrario, se me aparece
como una fase más avanzada del dominio sobre la realidad, una relación más
libre con lo material. Es un momento de reflexión que va más allá del juego. Es
ya una forma de racionalización de la experiencia: un camino hacia la
abstracción.”
y también
“La función creadora de la imaginación corresponde al hombre común, al
científico, al técnico; es tan esencial a los descubrimientos científicos como
al nacimiento de la obra de arte; pero, además, resulta necesaria para nuestra
vida cotidiana...”
Les recomiendo recorrer ese libro de Rodari, que si bien está pensado para
escribir con niños contagia muchos disparadores de escritura:
El
psicoanálisis nos cuenta cómo el
inventar historias es algo que nos constituye internamente, cómo en algún punto
todo nuestro ser interno está fabricado también como una ficción (una ficción
totalmente necesaria para sobrevivir)
¿no
inventamos historias, inspiradas quizá en la realidad, pero forjadas con el
metal de nuestros fantasmas en la fragua del deseo, que nos remiten a algo de
nuestra verdad? ¿No tiene acaso ésta, como asevera Lacan (1957), estructura de
ficción?
Ficción
que, perteneciente al registro imaginario, al sujeto del enunciado, revela sin
embargo algo de lo verdadero del deseo, del sujeto del inconsciente, del sujeto
de la enunciación, ese sujeto del deseo siempre esquivo.
narración
es tanto la acción de narrar como el relato, la cosa narrada y, referido a la
dialéctica, la parte de un discurso en que se exponen los hechos; narrar
significa contar, referir, relatar, y decir o escribir una historia o cómo ha
ocurrido cierto suceso; narrativa se aplica al estilo literario que, a
diferencia del descriptivo o el dialogado, usa preferentemente la narración
Un
escritor contemporáneo que siempre reflexiona sobre el arte de narrar es Paul Auster, quien también
"desacraliza" la literatura, dándonos a ver que todas las personas
"comunes" tenemos la posibilidad de contar historias.
La narrativa, sin embargo, se halla en una esfera un tanto
diferente de las demás artes. Su medio es el lenguaje, y el lenguaje es algo
que compartimos con los demás, común a todos nosotros. En cuanto aprendemos a
hablar, empezamos a sentir avidez por los relatos. Los que seamos capaces de
rememorar nuestra infancia recordaremos el ansia con que saboreábamos el cuento
que nos contaban en la cama, el momento en que nuestro padre, o nuestra madre,
se sentaba en la penumbra junto a nosotros con un libro y nos leía un cuento de
hadas. Los que somos padres no tendremos dificultad en evocar la embelesada
atención en los ojos de nuestros hijos cuando les leíamos un cuento. ¿A qué se
debe ese ferviente deseo de escuchar? Los cuentos de hadas suelen ser crueles y
violentos, describen decapitaciones, canibalismo, transformaciones grotescas y
encantamientos maléficos. Cualquiera pensaría que esos elementos llenarían de
espanto a un crío; pero lo que el niño experimenta a través de esos cuentos es
precisamente un encuentro fortuito con sus propios miedos y angustias
interiores, en un entorno en el que está perfectamente a salvo y protegido. Tal
es la magia de los relatos: pueden transportarnos a las profundidades del
infierno, pero en realidad son inofensivos.
Al fin y al cabo, la novela no es el único venero de historias. El cine,
la televisión y hasta los tebeos producen obras de ficción en cantidades
industriales, y el público continúa tragándoselas con gran pasión. Ello se debe
a la necesidad de historias que tiene el ser humano. Las necesita casi tanto
como el comer, y sea cual sea la forma en que se presenten –en la página
impresa o en la pantalla de televisión–, resultaría imposible imaginar la vida
sin ellas.
Un texto
narrativo –ya sea escrito o hablado- es como un organismo vivo:
tiene su
respiración y su pulso, en sus pausas, sus colores
tiene voces
dentro de una voz, vibraciones rítmicas de las palabras con las que se evocan
instantes, hechos, pensamientos, sentimientos, señales de los sentidos y la
percpepción
tiene su
personalidad, su forma de ser
porque una
historia se puede contar de mil maneras
el cómo
contar, qué contar y a quién contarlo hacen a el atractivo y misterioso azar de
la literatura como hacer humano y de comunicación
al contar
una historia podemos por lo menos traicionar al tiempo –que en nuestro vivir
nos domina y arrastra de manera tan indetenible-
podemos ir
hacia atrás, detener el tiempo, viajar al futuro e incluso entrar en ese tiempo
mítico –el tiempo afuera del tiempo de algunos relatos fantásticos
podemos ser
otros, jugar a ser pequeños dioses omniscientes decidiendo destinos de nuestros
personajes
podemos
asombrarnos y llegar a sentir que la historia “cobra vida propia” –una
sensación que cuentan tener muchos escritores
unas
palabras del escritor premio nobel Orhan Pamuk
El escritor
es capaz de contar su propia vida como si fuera la de otro a la vez que cuenta
con palabras las historias de otros que son tradición. La literatura es la
experiencia más valiosa que el ser humano ha creado para comprenderse a sí
mismo. Escribir te hace sentir que todos los seres humanos se parecen, que los
demás tienen heridas parecidas y que por eso te comprenderán… Escribo para que
todo el mundo sepa la vida que hemos llevado y seguimos llevando yo, los otros,
todos nosotros
En la
narración literaria, se busca “ponernos en la situación que vivieron otros”
para acercarnos a sus experiencias. Si bien los personajes son seres imaginados
por el escritor, son construidos con datos de la realidad para impactar a los
lectores con el relato de lo que posiblemente experimentaron (Pamuk: 2007).
Pero ¿quién es ese otro al que queremos representar? ¿Cuáles
historias merecen ser narradas?
Ángeles
Mastretta afirma que sus recuerdos de infancia en la ciudad de Puebla le
permiten volver a presentar formas de hablar, vestir y hasta de callar de las
mujeres en sus novelas Arráncame la vida o Mujeres de
ojos grandes, transportándonos a situaciones que no nos pertenecen, sino a
través de la narración. En tanto, Judith Butler afirma: “Una vida que ha
contado como una vida que merece ser llorada, es una vida que necesita ser
contada.”
Según
Heidegger, el escritor se ubica en el dasein, en el estar
ahí (Heidegger, 1971). Yo agregaría no sólo se trata de estar ahí,
sino de estar ahí siendo, viviendo los sentimientos que
posiblemente experimentaron quienes ya no están ahí, en un
ejercicio de fantasía creativa que nos permite la comprensión de el
otro. Así, la literatura también es una forma de conocer. Porque nos lleva
a lugares desconocidos y nos permite sentir, o “vivir” a través de nuestra
imaginación, momentos o espacios donde no podríamos estar sino a partir de la
lectura, lo que permite ampliar nuestro horizonte conceptual.
Habermas
agrega que la literatura nos permite enfrentar la realidad desde diferentes
perspectivas, enriqueciendo nuestra visión del mundo.
//
todos y
todas podemos ser el escritor, no hace falta serlo de forma profesional, solo
permitirnos el paso de comenzar a escribir
no hay
recetas ni formulas
sí
encontramos cada uno señales como en una ruta sin rumbo
pequeños
trucos
contagios
de lo que leemos
cosas que
descubrimos porque nos funcionan con el ensayo y error de cada cual
ya veremos
cómo las galaxias narración y poesía se habitan y se incluyen entre sí, se
tocan como en esta cita de Borges
“Hay que señalar otro hecho: los
poetas parecen olvidar que, alguna vez, contar cuentos fue esencial y que
contar una historia y recitar unos versos no se concebían como cosas
diferentes. Un hombre contaba una historia, la cantaba; y sus oyentes no lo consideraban
un hombre que ejercía dos tareas, sino más bien un hombre que ejercía una tarea
que poseía dos aspectos. O quizá no tenían la impresión de que hubiera dos
aspectos, sino que consideraban todo como una sola cosa esencial. “
…
“pero hay algo a propósito del cuento, del relato, que siempre
perdurará. No creo que los hombres se cansen nunca de oír y contar historias.
//
historias
originales, cambiadas, re inventadas, siempre casi la versión de otra anterior
como en un hermoso y casi infinito juego de teléfono descompuesto
en
un complejo y extenso proceso de miles de años fuimos convirtiendo el contar
una aventura real, agregándole ingredientes, descripciones, ritmos y
tonalidades
voces
mentiras
y verdades
hasta
convertirse en este gran artefacto que hoy llamamos literatura
un
artificio hecho de palabras
pero
por qué narramos
por
qué contamos cosas en
cuentos
crónicas
cartas
relatos
recuerdos
anécdotas
novelas
fábulas
leyendas
películas
series
comics
sagas
y
hasta en chistes
y
por qué somos público ávido lector oyente televidente de las narrativas
tomado
de por ahí vemos que:
“Gehlen (el antropólogo filosófico
Arnold Gehlen) entendería que el ser humano es alguien incompleto en relación
con otros animales (no cuenta con garras, colmillos, carece de pelaje,
herramientas biológicas naturales) y es por ello que tiene que fabricar las
suyas propias y adaptar su hábitat a sus propios intereses. Vive en la esfera
de la cultura o como ser cultural que inventa necesariamente para dominar la
naturaleza; propósito que ha consumado con éxito allá donde haya estado.
La cultura será aquel ámbito que
le permite modificar su entorno, crear realidades alternativas
a las dadas. El ser humano sería, pues, un «ser carencial», no apto para vivir
en la misma naturaleza, por lo que habría de crear una segunda naturaleza para
poder vivir y sobrevivir adecuadamente. Hablamos de «un
mundo substitutivo elaborado y adaptado artificialmente que compense su
deficiente equipamiento orgánico». El arte de relatar sería parte constituyente
de esta segunda naturaleza creadora, fruto, además, de la constitución
autoconsciente del animal humano. Esta naturaleza humana que nos hace estar
«abiertos al mundo», por otro lado, haría del ser humano alguien sobrecargado
de estímulos que sentiría la necesidad de «descargarse» de ellos. Es por ello,
que los humanos sentiríamos la necesidad de hablar casi constantemente,
frente a otros animales; de escribir, relatar, imaginar, comunicar, etc.
Hay, a su vez, quienes defienden la tesis de que el
yo narrativo tiene un «origen
evolutivo que se articula sobre dos columnas: el lenguaje, sin el que no
existiría tal yo narrativo, cuya aparición rediseña profundamente el cerebro
humano y, sobre todo, la apoyatura en lo simbólico y lo artístico, sin la cual
no se habría desarrollado el lenguaje. Coincide con todas aquellas nuevas
líneas paleontológicas que sitúan la emergencia del arte como uno de los
principales vectores de la evolución que daría origen a los sapiens».
Este enfoque entendería que ese relatar es parte de nuestra constitución
humana, solo que producto de una evolución biológica que vendría a desembocar
en el ser humano actual, tal y como lo conocemos, el homo sapiens u
«hombre sabio» (las estimaciones varían, pero hay quien afirma que el homo
sapiens surge hace 230.000 años en el Este de África). Además, el
narrar sería un subproducto o epifenómeno de esa capacidad para –y necesidad
de– comunicarnos unos con otros, como animales gregarios que somos;
siempre necesitados de interactuar socialmente.
A día de hoy las nuevas tecnologías y, en
particular, internet han modificado nuestro modo de contar historias. Desde la
proliferación de los móviles ha partir del año dos mil, aproximadamente, cuando
comenzó a emplearse el sms, las abreviaciones lingüísticas en el formato
escrito, los emojis, etc, hasta la actualidad, instaurada ya hace unos años, en
la que proliferan los gifs y memes, que operan también como poderosos vehículos
comunicativos en nuestras vidas cotidianas.”
Los relatos. Las palabras. Dice la antropología -y
lo ratifica la neurobiología- que los hombres somos básicamente narradores. Nos
gusta escuchar historias. Las llevamos en los genes. Nuestros antepasados, por
ejemplo, eran analfabetos; no sabían leer ni escribir, pero sí sabían contar. Y
lo hacían tan bien que de ese arte nacieron los mitos y las leyendas. La bella
y astuta Scherezade, sin ir más lejos, salvó su cabeza contando historias en la
inabarcable "Las mil y una noches". Y, más cerca de nuestra tierra,
los sabios de las tribus indígenas transmitían sus tradiciones a través de
parábolas que narraban alrededor del fuego y al amparo de la luna en cuarto
menguante.
Parafraseando a Antonio Tabucchi, a estos primeros hombres no les
bastaba la realidad; por eso comenzó a existir la literatura.
según
nos cuentan Marta Llorente y Ana Padovani:
Las historias, las anécdotas, las experiencias de
los otros, nos enriquecen, nos permiten crear una dimensión metafórica de la
vida cotidiana, nos conectan con nuestra infancia más pura, nos elevan y
tienden puentes con los demás
según nos cuentan Marta Llorente y Ana Padovani:
"las historias funcionan como espejos. Algo
del personaje de una historia, de un conflicto que narro, tiene que ver con
esos hombres y mujeres que me escuchan. Todos nos parecemos mucho. Los cuentos
se usaban para transmitir creencias. Los mitos transmitían valores y hoy las
historias que uno cuenta también tienen una función educativa".
El fuego y la palabra, agrega Padovani, "están
en las primeras experiencias del hombre. Siempre que hay oscuridad, fuego y un
grupo de hombres reunidos, se cuentan historias. Las historias nos conectan con
nuestras emociones".
//
dice Walter Benjamin:
“El narrador toma lo que cuenta de la experiencia
—la suya o la de otros— y la hace experiencia de quienes la escuchan.”
//
Laura Devetach ha escrito
un hermoso libro que se llama La construcción del camino lector, de que
compartimos algunos fragmentos:
La escritura y la lectura
del trazo que nos enlaza a unos con otros, del vínculo que cada ser humano va
entablando con otros seres y, también, de la multiplicación de estos vínculos
que forman redes y tramas en la vida de las personas. Cada gesto que un individuo
hace, puede ser leído, generar palabras que lo nombren, generar una escritura.
Por eso interesa el lenguaje anterior, la escritura anterior, la lectura
anterior a la palabra. Cuando llegamos a la hora de las nanas ya hay un pequeño
mundo de trazos, de vínculos posibles de ser leídos, escritos a través de lo
sensible. Trazos que después se van entramando en redes. Julio Cortázar en
Rayuela nos ilumina al respecto:
Pienso en los gestos
olvidados, en los múltiples ademanes y palabras de los abuelos, poco a poco
perdidos, no heredados, caídos uno tras otro del árbol del tiempo. Esta noche
encontré una vela sobre la mesa, y por jugar la encendí y anduve con ella en el
corredor. El aire del movimiento iba a apagarla, entonces vi levantarse sola mi
mano izquierda, ahuecarse, proteger la llama con una pantalla viva que alojaba
el aire. Mientras el fuego se enderezaba otra vez alerta, pensé que ese gesto
había sido el de todos nosotros (…) durante miles de años. (…) Pienso en esos
objetos, esas cajas, esos utensilios que aparecen a veces en graneros, cocinas
o escondrijos, y cuyo uso ya nadie es capaz de explicar. Vanidad de creer que
comprendemos las obras del tiempo: él entierra sus muertos y guarda las llaves.
Solo en sueños, en la poesía, en el juego –encender una vela, andar con ella
por el corredor- nos asomamos a veces a lo que fuimos antes de ser esto que
vaya a saber si somos.
Quizás el recuerdo de
esos textos y esos juegos nos llenen de ambivalencias, de amedrentadas
sonrisas, porque después de todo, es el pasado, es la primera edad que uno
tuvo. Eso existe con fuerza y valor fundante. Darle valor a las cosas pequeñas
que nos formaron, a lo que creemos que no vale. Dejar filtrar en la escritura
lo elemental, trabajar esa materia toda. Con ella, urdir las tramas, basar allí
las tramas de los vínculos sociales
…
¿Tenemos conciencia de
los textos
que llevamos adentro?
Cada uno de nosotros fue
construyendo una textoteca interna armada con palabras, canciones,
historias, dichos, poemas, piezas del imaginario individual, familiar y
colectivo. Textotecas internas que se movilizan y afloran cuando se relacionan entre
sí. A la manera de las retahílas infantiles podemos decir que en cada persona
hay muchos textos, que la unión de los textos de muchas personas arman los
textos de una familia, de una región, de un país. Las formas literarias no son
arbitrarias, no nacen sólo por una voluntad estética de las personas que
escriben, de los pueblos que escriben, nacen porque suelen ser una manera de
construcción que circula y moviliza. ¿Qué relación hay entre el reconocimiento
de los textos internos y la literatura?
como ya
mencionamos en la poesía, las narraciones también, tomando este concepto de los
formalistas rusos tienen la función de extrañarnos de nuestra realidad de la
costumbre:
El propósito del arte es dar una sensación del objeto
como visión y no como reconocimiento.”
Es decir, el arte —y especialmente el relato— debe extrañar
lo familiar, hacer que lo cotidiano vuelva a sentirse extraño, nuevo. Eso
es lo que Shklovsky llama остранение (ostranenie), o “extrañamiento”.
piensan la narración como una construcción técnica,
casi como un mecanismo, que busca romper con la automatización de la percepción
y generar una mirada nueva sobre el mundo.
y esos conceptos podrían servirnos para relajarnos de la
autoexigencia de realismo y de detalle que a veces nos traba
para terminar
decimos que:
Un texto narrativo –ya sea escrito o hablado- es
como un organismo vivo:
tiene su respiración y su pulso, en sus pausas, sus
colores
tiene voces dentro de una voz, vibraciones rítmicas
de las palabras con las que se evocan instantes, hechos, pensamientos,
sentimientos, señales de los sentidos y la percpepción
tiene su personalidad, su forma de ser
porque una historia se puede contar de mil maneras
el cómo contar, qué contar y a quién contarlo hacen
a el atractivo y misterioso azar de la literatura como hacer humano y de
comunicación
al contar una historia podemos por lo menos
traicionar al tiempo –que en nuestro vivir nos domina y arrastra de manera tan
indetenible-
podemos ir hacia atrás, detener el tiempo, viajar
al futuro e incluso entrar en ese tiempo mítico –el tiempo afuera del tiempo de
algunos relatos fantásticos
podemos ser otros, jugar a ser pequeños dioses
omniscientes decidiendo destinos de nuestros personajes
podemos asombrarnos y llegar a sentir que la
historia “cobra vida propia” –una sensación que cuentan tener muchos escritores
//
y como un
agregado de esta época la IA ya puede “inventar “ historias y en vez de
rendirnos y decir fuimos reemplazados, podemos sí usarla como herramienta
cuando nos trabamos o para determinada descripción por ejemplo
pero algo que se revaloriza
es lo humano en nosotros y nuestras historias: las vivencias de donde salieron
y surgen, las consignas que nos pasamos d persona a persona, los errores que en
vez de empobrecer el texto lo enriquecen de subjetividad real
el disparador
para un cuento es cualquier cosa de las infinitas del universo inagotable si
nos predisponemos a dejarnos ser en el lenguaje de narrar

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